De las Escrituras de hoy: ”Todos se pusieron a llorar y abrazaban y besaban a Pablo, afligidos, sobre todo, porque les había dicho que no lo volverían a ver. Y todos lo acompañaron hasta el barco”. —Hch 20, 37-38.
Estamos presenciando un momento verdaderamente conmovedor: la despedida de San Pablo a los líderes de Éfeso. La emoción pura de esa escena —las lágrimas, los abrazos y los besos— da testimonio del profundo vínculo entre un pastor y su pueblo. En este preciso momento, a lo largo y ancho del país, esta misma escena se está desarrollando en muchas parroquias mientras los sacerdotes se preparan para nuevas asignaciones.
Recientemente, durante una cena, un sacerdote amigo compartió su entusiasmo por comenzar en una nueva parroquia, al tiempo que expresaba su profunda gratitud por la increíble calidez y fe de la comunidad que deja atrás. Rió al señalar una tarjeta particularmente memorable, hecha por un alumno de cuarto grado de la escuela parroquial:
Querido Padre Anthony:
¡Gracias por ser nuestro sacerdote y por predicar durante tanto tiempo! Disfrutamos de su entusiasmo como predicador. Nos gusta su estilo de predicar. Gracias por guiar a nuestra iglesia en las ceremonias. Usted hace que la iglesia sea viva y emocionante. Una vez más, ¡muchas gracias!
P.D.: ¡El pan y el vino saben mejor en su Misa!
Dediquemos hoy unas palabras de agradecimiento a nuestros párrocos, ¿les parece?
Oremos: Señor Jesús, permite que la paz de tu presencia llene el espacio entre los recuerdos que atesoramos y los nuevos caminos que has preparado para nosotros.

El autor de hoy es Wilmar Zabala, consejero vocacional de Glenmary, quien ayuda a los hombres a discernir su llamado al servicio en las misiones nacionales.

