De las Escrituras de hoy: “Queridos hermanos: Si soportan con paciencia el sufrimiento por hacer el bien, esto es una gracia ante Dios. Pues para esto han sido llamados, ya que también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus pasos”. —1 Pe 2, 20-21.
El sufrimiento, por desagradable que sea, nunca está lejos de nosotros dentro de nuestra experiencia humana. Algunos soportan el sufrimiento más que otros, pero al igual que muchas otras cosas en nuestra vida —la alegría, el hambre, la paz, el cansancio, la esperanza—, el sufrimiento trasciende las fronteras de la raza, el género, la historia, la pobreza y la riqueza. Curiosamente, debido a la encarnación de Cristo, el sufrimiento no le es ajeno a Dios. De hecho, algunos han dicho que el sufrimiento es la forma más profunda de contemplación, porque en él nos unimos a Cristo dentro de su propia pasión.
Esto ha suscitado preguntas complejas acerca de Dios. ¿Fue Él transformado por este sufrimiento? ¿Podría haber hecho algo para evitarlo? La respuesta fácil es “no” y “quizás”, y lo digo en ese orden. No, Cristo no fue transformado; y quizás las cosas podrían haber sido diferentes. Pero, ¿por qué Dios no fue transformado en este sufrimiento? La respuesta es sencilla y la encontramos en las Escrituras: es porque Dios, en su mismo ser, es amor. Y su sufrimiento no venció a quien Él es, sino todo lo contrario. Por lo tanto, cuando experimentamos el sufrimiento, podemos descubrir que no es el sufrimiento en sí mismo lo que nos une a Dios. En cambio, incluso allí encontramos la experiencia de la Persona del Amor, quien siempre promete la resurrección.
Oremos: Señor, permítenos unirnos a Ti en el amor. Cualesquiera que sean nuestras circunstancias, que recordemos que Tú siempre estás cerca.

El autor de hoy es Nathan Smith, director de Ecumenismo de Glenmary y consultor de los obispos católicos de los Estados Unidos.
