De las Escrituras de hoy: “‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’”. —Lc 16, 27-28.
Al escuchar la historia del hombre rico y Lázaro, nos damos cuenta de que no es un Evangelio cálido y confuso, sino uno que nos desafía hasta lo más profundo. ¿Nos hemos sentido cómodos con los bienes de este mundo? ¿Dependemos de la riqueza más que de Dios? Una falsa seguridad de las comodidades de este mundo puede hacer que tengamos miedo de compartir lo que tenemos.
Reflexionemos sobre cómo tratamos a los Lázaros que llegan a nuestra vida: los enfermos, los abandonados, los que sufren, los marginados. Como cristianos, debemos estar radicalmente abiertos a compartir lo que tenemos con quienes lo necesitan.
Según San Ambrosio, “No regalas tus bienes al pobre. Le entregas lo que es suyo. Porque lo que nos ha sido dado en común para el uso de todos, te lo has atribuido para ti mismo. El mundo está dado a todos, y no sólo a los ricos”.
Oremos: Dios amado, tú escuchas el grito de los pobres. Ayúdame a abrir también mis oídos a esos gritos y, al hacerlo, abre mi corazón para responder. Ayúdame a romper con mis hábitos de poseer, gastar y consumir y, en cambio, encontrar una manera de compartir.

El autor de hoy es el hermano David Henley, misionero en el condado de Martin, Carolina del Norte, y codirector de vocaciones de Glenmary.
