De las Escrituras de hoy: “… pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”. —Hch 1, 8.
La Ascensión marca la partida física de Cristo de sus seguidores; sin embargo, la reacción de ellos distó mucho del miedo que los había atenazado tras la crucifixión. Si bien la “catástrofe de la cruz” había hecho tambalear su fe en el pasado, ahora se hallaban tan transformados por la realidad de la Resurrección que no experimentaron ninguna sensación de pérdida. Por el contrario —tal como describe el Evangelio— regresaron a Jerusalén “llenos de gran gozo”, dedicando su tiempo en el Templo a alabar a Dios y, finalmente, haciendo discípulos de todas las naciones.
La Ascensión es también nuestra propia misión. A través del Espíritu Santo, somos enviados a ser testigos de Jesús en el mundo. Santa Teresa de Ávila lo expresó de la mejor manera: “Cristo no tiene ahora en la tierra más cuerpo, manos ni pies que los nuestros”. Tal vez ya no camine físicamente entre nosotros, pero su presencia se torna tangible a través de nuestras acciones. Lo encontramos en el servicio de nuestros comedores comunitarios, en las historias compartidas alrededor de nuestras mesas y en la gracia de la Eucaristía. Cada vez que levantamos el ánimo de un alma que lucha contra las tormentas de la vida, demostramos que Él vive verdaderamente a través de nosotros. Continuamos su obra sanadora cuando consolamos a los enfermos; su enseñanza, cuando guiamos a nuestros hijos hacia la sabiduría; y su inclusividad radical, cuando acogemos a los marginados.
Oremos: Señor Jesús, ayúdanos a dar testimonio de tu presencia viva en este día.

El autor de hoy es Wilmar Zabala, consejero vocacional de Glenmary, quien ayuda a los hombres a discernir su llamado al servicio en las misiones nacionales.
